¿Qué hacer cuando surgen conflictos?

Con cada una de nuestras conductas colocamos una pieza en el fundamento de nuestro mundo interior,  ya sea en el sentido del equilibrio o en el del caos. Pero, ¿qué hacer cuando surgen conflictos? Acumulamos residuos emocionales que deberían ser eliminados por higiene. Su retención nos causa desequilibrio y enfermedad. Hoy os traemos la propuesta que desde Ecología Emocional sugerimos para afrontarlos.

  • «Ayúdate a ti mismo y los demás te ayudarán» Una forma de ayudarse a uno mismo es descargarse del peso de las ofensas, liberándose de los rencores y aprendiendo mejores estrategias para prevenirlas y solucionarlas. Es preferible no ejercer el papel de quejica ni de víctima. Mejor, colaborar con uno mismo en la adquisición de más conocimientos, concediéndose lo que se necesita sin esperar que venga de los demás. Vale la pena abrirse a la vida y darse todas las oportunidades que uno se merece.
  • «Todo lo que les haces a los demás también te lo haces a ti mismo». Es decir, que si ofendemos, nos ofendemos; y si perdonamos, nos perdonamos. Lo que emitimos, recibimos. Así pues, si no te gusta lo que recibes es preciso revisar lo que estas emitiendo…
  • «No hagas por los demás aquello que ellos puedan hacer por sí mismos». Porque podemos ofenderles si lo hacemos. Sería como considerar que las otras personas son incapaces o menos competentes, y eso supone una invasión de su espacio de crecimiento, de libertad, de decisión, de aprendizaje… De ese modo se establece una relación de poder y dependencia que genera ofensa y resentimiento.  Además, implica una falta de respeto.
  • «No hagas a los demás aquello que no quieres que te hagan a ti». ¿Alguien no desea recibir agresiones, críticas, insultos, humillaciones u ofensas? Pues el primer paso es no hacerlos uno mismo. ¿No queremos que se nos ignore o se nos aísle ni ser objeto de burlas por nuestro modo de obrar o de ser? Pues no hagamos eso tampoco nosotros. Es uno de los grandes principios comunes a todas las culturas y civilizaciones. Quizá no nos pongamos de acuerdo en lo que es deseable pero pocas personas disienten acerca de lo que consideran indeseable.
  • «No hagas a los demás lo mismo que quieres para ti: ellos pueden tener gustos distintos». Es importante no ir por el mundo con una actitud paternalista. La flexibilidad mental y el reconocimiento del derecho del otro a pensar y a sentir por sí mismo, dentro de un marco de valores que fomenten la convivencia, son estrategias esenciales para vivir libres de la carga de la ofensa.
  • «No puedes hacer ni dar a los demás aquello que no te das a ti mismo»aunque hay quien piense que es posible. A veces intentamos cuidar al otro sin cuidar de nosotros mismos; dar paz, sin tener sosiego interior; recomendamos a los niños que se perdonen, pero vivimos peleados. En esos casos tenemos un problema de coherencia personal. Esa división interna genera un sufrimiento que repercute en la conducta. Conviene empezar por uno mismo.
  • «Tenemos el deber de hacer limpieza de las relaciones ficticias, insanas y que frenan nuestro crecimiento personal ». Somos responsables de nuestras relaciones. Y si estas son agresivas e irrespetuosas, dañan nuestra autoestima o ahogan nuestra posibilidad de ser, es preferible desprenderse de ellas. Porque si convivimos con alguien que ha elegido vivir ofendido o que ejerce de ofensor acabaremos contaminándonos emocionalmente y contagiándonos con su conducta.

Ya nadie pone en duda que es preciso cuidar el entorno. Poco a poco tomamos conciencia de que es importante no contaminar porque nos estamos jugando nuestro porvenir y el de la vida del planeta. De la misma forma que no se considera admisible lanzar residuos tóxicos a un río –porque las plantas, los peces y el propio río pueden morir– tampoco podemos permitirnos ir lanzando indiscriminadamente partículas emocionales tóxicas al exterior.

Nuestro ecosistema afectivo y natural es frágil y somos responsables de protegerlo.

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Vinculos y rituales

El zorro se calló y miró largamente al Principito:

– Por favor…¡domestícame!-dijo.

– Me parece bien –respondió el Principito-, pero no tengo mucho tiempo. Tengo que encontrar amigos y conocer muchas cosas.

– Sólo se coPrincipito y Zorronoce lo que uno domestica –dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen más tiempo de conocer nada. Compran cosas ya hechas a los comerciantes. Pero como no existen comerciantes de amigos, los hombres no tienen más amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!

– ¿Qué hay que hacer? –dijo el Principito.

– Hay que ser muy paciente –respondió el zorro-. Te sentarás al principio más bien lejos de mí, así, en la hierba. Yo ye miraré de reojo y no dirás nada. El lenguaje es fuente de malentendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca…

Al día siguiente el Principito regresó.

– Hubiese sido mejor regresar a la misma hora –dijo el zorro-. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, ya desde las tres comenzaré a estar feliz. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. Al llegar las cuatro, me agitaré y me inquietaré; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes en cualquier momento, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón… Es bueno que haya ritos.

– ¿Qué es un rito? –dijo el Principito.

– Es algo también demasiado olvidado –dijo el zorro-. Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días, una hora de las otras horas. Mis cazadores, por ejemplo, tienen un rito. El jueves bailan con las jóvenes del pueblo. ¡Entonces el jueves es un día maravilloso! Me voy a pasear hasta la viña. Si los cazadores bailaran en cualquier momento, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.

Fragmento de El Principito de Saint-Exupery

Para vincularnos afectivamente, los humanos necesitamos rituales, paciencia y tiempo para procesar nuestras emociones, para construir el difícil territorio de la confianza que será la mejor base para que crezca la semilla del amor. El amor como nutriente que nos hace resilientes ante la adversidad.

 

 

El canto del corazón.

Hoy en este post compartimos con vosotros un relato titulado  “El canto del corazón”

Los miembros de una tribu de África utilizan un canto especial para cada miembro de la tribu, el cual le es asignado antes de su nacimiento.

En esta tribu la fecha de nacimiento de una criatura no es el día del parto, ni siquiera el día de la concepción, como en otras comunidades. Para ellos la fecha de nacimiento coincide con el instante en que la madre piensa por primera vez en ese hijo o hija.

La madre, consciente de sus intenciones de concebir un hijo con un hombre específico, se aleja para sentarse solitaria a la sombra de un árbol grande. Allí se sienta y escucha con atención hasta que puede oír el canto de la criatura que ella espera traer al mundo.

Una vez que ha oído la canción, vuelve a la aldea y se la enseña al padre para así poder cantarla juntos mientras hacen el amor, invitando a la criatura a que se les una.

Cuando se realiza la concepción, la madre le canta la canción al hijo que lleva en el vientre, y luego se la enseña a las ancianas y a las parteras de la aldea, de manera que durante los trabajos del parto y el instante del nacimiento, la criatura sea bienvenida con dicho canto.

Después del nacimiento, todos los miembros de la aldea aprenden la canción de cada niño y se la cantan en momentos de triunfo, en rituales y durante la iniciación.

Cuando llega a la edad adulta, el canto se convierte en parte de su ceremonia matrimonial.

Al final de su vida sus seres queridos rodean su lecho de muerte y entonan el canto por última vez.

Jack Kornfield (Historias del espíritu, historias del corazón)

el canto africa